Quinta parte

Las servidoras o criadas empezaban a trabajar desde los 8-9 años, aunque hay casos de 12-13 años. El servicio, de larga duración, solía terminar hacia los 20-21 años, ya que era esa la edad en que las jóvenes celebraban sus bodas con el ajuar y algunos escudos que se le entregaba a contrato vencido. En la casi totalidad de los contratos, al vencerse estos, las criadas recibían alrededor de unas 60 liras o, a elección, un ajuar (“muchas prendas según la voluntad de la niña”).

Para los varones los que recaudaban más eran los herreros y los pescadores, que al final recibían las herramientas de trabajo.

A menudo en las chartas se encontraban algunas clausulas particulares que vinculan los mossos a posturas honestas y rectas. A veces hay cláusulas relativas a eventuales sanciones en caso de robos. Estas cláusulas presentaban garantías en favor de los artesanos subrayando cierta desconfianza hacia los jóvenes trabajadores.

En los cincuenta contratos de encantamentos analizados, estas cláusulas se presentan en un sólo caso: en el contrato del hijo de un zapatero cuyo aprendizaje se realizaba en el taller de otro zapatero. En esta circunstancia la presencia de la cláusula parece alejar la hipótesis de la desconfianza. ¿Por qué entre dos personas que ejercen la misma profesión, en dos aldeas cercanas, había que producirse desconfianza hacia la honestidad de un niño?

El ausencia de esta clausula en los demás documentos, tanto los que se refieren a niños procedentes del extrarradio de Cagliari como a los que venían de otras regiones de la isla, parece al contrario indicar una confianza generalizada hacia los niños y las niñas. Entonces el caso del hijo del zapatero podría ser una excepción: quizá por el carácter difícil del niño en cuestión.

En algunos contratos, cómo hemos señalado, hay prohibiciones explicitas para la huida de los niños. Estás clausulas delatan las duras condiciones de vida de los críos.

Al tener en cuenta la presencia de niños de escasos años, alejados de su propia familias, no es difícil suponer el sufrimiento de estas criaturas. En siete actas hemos averiguado la presencia de niños con sólo 7-8 años de edad (un 14%), o sea aún pertenecientes a la edad infantil, hasta el caso de una niña de tan sólo 5 años que el contrato vinculaba para 12 años más.

Para niños tan pequeños es fácil imaginar cómo el ingreso en el mundo del trabajo constituía un evento traumático qe desencadenaba las huidas de regreso al hogar de procedencia.

Rosa Gatti
Marco Schirru